Documentos históricos de Romanos, Griegos, Hindúes, Árabes y de otros pueblos de la línea cálida de la tierra, hablan de las virtudes de su uso medicinal y cosmético.
El Aloe Vera se ha usado a lo largo de la historia de la humanidad, hasta nuestros días, tanto en el tratamiento de enfermedades como en la cura de la piel y del cabello.
Su origen se remonta en la época de Alejandro Magno cuando conquistó la isla Socotorra, al sur de Arábia, porque se encontraban grandes cantidades de Aloe, que servirían para la curación de heridas y enfermedades de sus soldados durante las consquistas.
También en el antiguo Egipto, era de uso frecuente. Cleopatra lo usaba como ingrediente esencial en sus curas diarias. Los sacerdotes egipcios, aunque con otros fines, también recurrían a esta planta. Denominada por ellos como planta de la inmortalidad, les servía para preparar los productos de embalsamiento que se empleaban en los rituales de enterramiento de los faraones y de los grandes señores.
Los primeros que lo transformaron en extracto comercial fueron los árabes, y fueron también ellos los que extendieron el uso del Aloe en polvo.
Para extraer la pulpa y la savia del Aloe los arabes pisaban las hojas dentro de unas tinajas (recipiente de barro) o las machacaban en prensas de madera. Una vez extraidas, se ponían al sol sobre pieles de cabra para que se secaran, y más tarde se convertían en polvo que se utilizaba como laxante en uso interno, y para heridas y contusiones en uso externo.
Los Españoles llevaron el Aloe al continente Americano durante su conquista. En España, a lo largo de la ribera del Mediterráneo, el Aloe era el elemento esencial de la medicina popular.
